Hay personas que nacen con una inclinación natural a ayudar. Se conmueven ante el dolor ajeno, sienten el impulso inmediato de intervenir, de resolver, de sostener. Son corazones nobles que, sin pensarlo, se ofrecen como apoyo. Y sin embargo, es precisamente en ese impulso generoso donde aparece uno de los riesgos más silenciosos de la vida emocional: ayudar tanto que acabamos dañando, desgastándonos o anulando a quien supuestamente intentamos elevar.
La intención es buena, sí, pero cuando la ayuda se desborda pierde claridad. El deseo de aliviar se mezcla con la necesidad de ser útil; la empatía se confunde con la responsabilidad; la mano extendida se transforma en un brazo que carga lo que no le pertenece. Y entonces ocurre un fenómeno extraño: no solo sufrimos nosotros, sino que también entorpecemos el crecimiento de los demás. Seguir leyendo







Efemérides masónicas
Diálogo entre masones – Febrero2021








