La muerte y el recuerdo de las vidas pasadas

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No es la muerte la que debe preocuparte
Son los muertos vivos, lo que no saben quiénes son
ni a donde van, los que deben preocuparte.

Transcribo literalmente lo reflejado en la obra de Allan Kardec “Explicando el espiritismo”. Esta obra es un  diálogo entre Kardec y diferentes personas que le hacen preguntas y observaciones. He aquí alguien interesado en la muerte y en el proceso de esta.

– ¿Cómo se separa el alma del cuerpo: brusca o gradualmente?

– El desprendimiento se realiza gradualmente, con lentitud que varía de acuerdo con el individuo y las circunstancias de la muerte. Los lazos que unen el alma al cuerpo se rompen poco a poco y tanto más lentamente cuanto más material fue la vida.

– ¿Cuál es la situación del alma justo después de la muerte? ¿Es consciente de sí misma? En una palabra, ¿Qué ve? ¿Qué experimenta?

– En el momento de la muerte, de pronto todo es confusión. El alma precisa de algún tiempo para reconocerse. Esta como aturdida, en el estado de un hombre que despierta de un profundo sueño y se esfuerza por comprender la situación en la cual se encuentra. La lucidez de las ideas y la memoria del pasado regresan a medida que se apaga la neblina que oscurece los pensamientos. El tiempo de perturbación que sigue a la muerte varía mucho. Puede ser de algunas horas o de muchos años. Es menos largo en los que identificaron, cuando vivían, su estado futuro, pues comprenden inmediatamente la situación. Por el contrario, es más largo cuanto más material fue su existencia. La sensación que el alma experimenta en aquel momento, es también muy variable. La perturbación que sigue a la muerte nada tiene de penosa para el hombre de bien. Es tranquila y en todo semejante a aquella que acompaña un lúcido despertar. Para aquel cuya consciencia no es pura y tuvo más apego a la vida material que a la espiritual, la sensación es de desasosiego, plena de angustia, que aumenta a medida que se asientan las ideas pues, entonces, le asalta el miedo, una especie de terror, en presencia de lo que ve y sobretodo de lo que presiente. Experimenta, entre tanto, un gran alivio y un inmenso bienestar, sensaciones que podría denominarse como físicas. Encuentra una especie de alivio a su peso, la felicidad porque ya no experimenta dolores corporales, que poco antes de la liberación aún sufría, el desembarazo y la levedad, como alguien que se hubiese liberado de pesado cadenas.

– No entiendo cómo puede el hombre aprovechar la experiencia adquirida en las existencias anteriores, si no conserva su recuerdo. A fin de cuentas, se no las recuerda, cada nueva experiencia es como si fuese la primera y eso equivale a comenzar siempre. Vamos a suponer que, al despertar cada mañana, perdiésemos la memoria de lo que hicimos la víspera. Esta fuera de toda duda que no estaríamos más adelantados a los sesenta años que a los diez. Al tiempo que recordando nuestras faltas, flaquezas y castigos recibidos, procuraríamos no volver a incurrir en los mismos errores. Sirviéndome de la comparación que ha hecho, del hombre sobre la tierra como alumno en un colegio, yo no comprendería que este último pudiese aprovechar las lecciones del quinto curso, por ejemplo, si no tuviese recuerdos de las aprendidas en el cuarto. Esas soluciones de continuidad en la vida del Espíritu interrumpen todas las relaciones, haciendo de él, de cierto modo, un nuevo ser. E de esto podemos concluir que nuestro pensamiento muere en cada existencia, para renacer sin consciencia de lo que fuimos. Eso es una especie de aniquilamiento.

– Si a cada nueva existencia se corre un velo sobre el pasado, el espíritu nada pierde de lo que aprendió en ellas. Olvida solo la forma de cómo fue adquirida la experiencia. Sirviéndome de la comparación de alumno; poco le importa recordar donde, como y con qué profesores curso cuarto año si, al ingresar en el quinto, sabe lo que aprendió en el cuarto. ¿Qué le importa saber si fue castigado por su vagancia o por su insubordinación, se tales castigos le volvieron estudioso o dócil? De ese modo, al reencarnarse, el hombre trae intuitivamente, y como ideas innatas, lo que adquirió en cultura y moralidad. Digo moralidad porque si durante una experiencia evolucionó, si aprovechó las lecciones de la experiencia, al reencarnarse será instintivamente mejor. Su espíritu, enriquecido en la escuela del sufrimiento y el trabajo, tendrá mayor firmeza. Lejos de tener que comenzar, posee reservas abundantes, en las cuales se apoya para aumentarlas más y más.

La segunda parte de su objeción, lo que dice con respeto al aniquilamiento del pensamiento, es igualmente infundada, pues semejante olvido tan solo ocurre durante la vida corporal. Al dejarla, el espíritu recobra el recuerdo del pasado. Puede entonces medir el camino recorrido y lo que resta aún por recorrer. Así, no hay solución de continuidad en la vida espiritual, que es la vida normal del espíritu. El olvido temporal es un beneficio concedido por la Providencia, puesto que por lo general la experiencia se logra por medio de duras pruebas y expiaciones terribles cuyo recuerdo sería demasiado penoso y ello se uniría a las angustias y tribulaciones de la vida presente. Si ya nos parecen pesados los sufrimientos de la vida, como no nos parecerían entonces si se agrandasen con el recuerdo de los ya pasados.

Ahora solo queda que, como siempre les digo: Investiguen y aprendan, no den nada por definitivo, es la única manera de alcanzar la Luz.

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